Hay Una Esperanza

El Valor de la Vida

Junio 22, 2017


Mi madre, quien vive en el sur de nuestro país, es una mujer de más de ochenta y cinco años, es viuda y quizás por ello se siente muy sola, después de haber convivido con mi papá durante casi sesenta años.  Su mayor entretenimiento consiste en ir a su inmenso jardín y ver las plantas florecer, crecer y reproducirse.  Pero aún esto le es bastante difícil porque su movilidad está limitada porque una de sus rodillas es una prótesis de titanio y la otra la tiene casi destruida.

Su fiel compañera desde que se levanta hasta que se acuesta es una perra Doberman que la ha acompañado por los últimos años de su vida. En días recién pasados me comentó que “África”, así la nombraron por su color negro, estaba muy enferma.  Mi hermano menor quien es veterinario, le había diagnosticado una peritonitis, debido a que el abdomen lo tenía muy tenso, inflamado y doloroso a la palpación.

Tanto mi mamá como mis dos hermanos, coincidían en que deberían dejarla morir, ya que a pesar de todos los antibióticos fuertes y caros que le habían inyectado, ella estaba peor cada vez.  Mi madre le pedía a mi hermano, el veterinario que por favor le quitara la vida de una vez a su muy querida compañera, para que cesara su sufrimiento.

El día en que iban a sacrificar a África, como si ella hubiera entendido o percibido lo que iba a acontecer, muy temprano en la mañana, estaba como siempre echada frente a la puerta del cuarto de mi mamá, esperando a que ella se levantara.  Al salir ella, la débil canina levantó su cabeza y la quedó viendo con una mirada lánguida de súplica; casi le hablaba pidiéndole que no la dejaran morir.  Fue entonces que mi madre, muy conmovida por esa mirada de ternura y súplica, le pidió a mi hermano que por favor la interviniera quirúrgicamente sin importar el costo y el riesgo.

Debido a que mi hermano se dedica más que todo a su propiedad de campo y no tiene una clínica; improvisaron un quirófano en una mesa grande de la casa, mi hermano pediatra fue el asistente de mi hermano veterinario; le extirparon un gran tumor que tenía alojado en la matriz, luego le dieron cuidados intensivos.  La recuperación fue rápida y muy exitosa; muy pronto África estaba de nuevo correteando por toda la casa y sobre todo lamiendo las manos y pies de mi madre con mucho agradecimiento por no haberla dejado morir; casi le decía “te debo la vida”.

Meditaba que así estábamos muchos de nosotros, llenos de infección interior, casi moribundos, languideciendo; pero nuestro Buen Padre Dios demostró Su gran misericordia por nosotros, nos quitó la malignidad, nos limpió por dentro, nos rescató de la muerte y nos dio vida nueva y abundante.  Debemos mostrar gratitud a Quien nos salvó y rescató.

¿Tenemos esa mirada de gratitud para nuestro Señor que nos dio vida nueva? ¿Estamos conscientes de que nos encontrábamos muertos en nuestros delitos y en nuestros pecados? Que precioso nuestro Dios que nos dio la oportunidad de vivir.  Definitivamente necesitamos entender que Dios permitió que sacrificaran a Su Hijo Cristo Jesús, para que nosotros no muriéramos.

Aunque es Dios Quien nos da la nueva naturaleza y la nueva vida, Él también nos usa como un canal o instrumento para impartirle vida a aquellos que no lo conocen.  Lo que un día recibimos por gracia, hemos de darlo a otros por gracia.  No debemos quedarnos conformes y satisfechos con haber recibido esta gran oportunidad de vivir espiritualmente, debemos desear que otros vivan y tengan como nosotros la maravillosa experiencia de vivir eternamente en la casa del Padre. 

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