Hay Una Esperanza

Amor Manifestado

Septiembre 7, 2017


Estaba yo por comenzar mis responsabilidades de ministración en San Luis Potosí, México, cuando me sorprendió un fuerte calosfrío con alta fiebre. A pesar de ello me tomé unas pastillas e hice lo que debía hacer.  Fue así durante tres diferentes participaciones, pero a la tercera, tuve que bajar unos minutos antes de terminar, porque sentía que no podía ya mantenerme en pie y casi vomitaba en el escenario.  Fui rápidamente a mi habitación, donde me descompuse mucho, al punto de no retener ni siquiera agua en mi estómago.  Debía tomar una decisión sobre qué hacer, si ir a un hospital en ese momento, o viajar al día siguiente de una vez hasta mi país, en lugar de quedarme en México como era el plan original.  Fue necesario que me aplicaran una inyección para lograr descansar un poco durante la noche; luego otra inyección en la mañana para poder tomar mi vuelo hacia la capital mexicana.  Ya para entonces había decidido que no estaba en condiciones para seguir viajando hasta llegar a casa; así es que me dirigí hasta el Distrito Federal, donde llegaría mi esposo en un vuelo procedente de mi país, para acompañarme.

Al llegar, me esperaban personas que me conducirían a un laboratorio donde me harían análisis clínicos. La noche anterior le había pedido a mi compañera de viaje que buscara en Mapas de Google en su mini computadora, un lugar que le pareciera completo para solicitar ayuda clínica.  Increíblemente, ese resultó ser el único lugar donde estaba abierto en domingo y me entregarían los resultados tres horas después de tomada la muestra.

Estaba pidiendo dirección al Señor acerca del médico que me vería; los amigos que nos esperaban me comentaron de una doctora muy acertada, a quien ellos conocían; inmediatamente sentí paz al respecto y nos comunicamos con ella.  Esta mujer, aún antes de tener el resultado de los análisis me dio su diagnóstico. Lo malo era que a ella le habían puesto un doble turno y no iba a poder verme.  Cuando hablamos por teléfono, parece que el Señor me dio gracia con ella y de forma inesperada, ella decidió pagarle a otro médico para que cubriera su guardia, y así poder verme a domicilio.  A mis amigos les parecía mentira lo que estaban viendo, es más, sus honorario fueron menos que si me hubiera visto en su clínica.

De inmediato ella confirmó el diagnóstico y me dio a elegir la manera como deseaba ser tratada: la más rápida y efectiva era ingresándome de inmediato al hospital, la más lenta sería tratándome ambulatoriamente.  Una vez más debería tomar la decisión sabia y correcta.  Elegí el método ambulatorio; entonces ella emitió el tratamiento y me dio la prescripción incluyendo dieta líquida.  Ahora necesitaríamos de la gracia del Señor para encontrar el medicamento, ya que este había sido sacado del mercado.  El esposo de la doctora, médico también, comenzó a llamar a las farmacias conocidas de ellos, pero ninguna respondía pues era domingo y era ya de noche.  Una vez más orando, en una lista de farmacias que abrían las 24 horas elegimos una a la cual llamar; ellos tenían el producto que necesitábamos, por lo menos para comenzar el tratamiento.

Luego nos trasladamos a un hotel muy cerca del hospital donde atendía la doctora, para que pudiera estarme evaluando.  Mi organismo respondió muy bien; nuestros amigos tuvieron el cuidado de buscar y prepararme todos los alimentos, en la forma especial que recomendaba la doctora. 

Fue un tiempo de mucho aprendizaje, nunca imaginé tener que quedarme una semana en una ciudad por causa de salud, mucho menos permanecer encerrada en una habitación de hotel sin salir por riesgo de contagiar a otros.  No puedo entender todavía cuál fue el propósito de ello o cuál la enseñanza; lo que sí puedo decir es que pude comprobar el amor genuino de aquellos amigos que me atendieron como hijos lo harían con su madre. 

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