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La Sencillez de Corazón

por Emma de Sosa

Ene 29

2010

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ES29012010 La Sencillez de Corazón

Dra. Emma de Sosa

A Dios:

  • ¿Cómo le gusta la alabanza?
  • ¿Cómo querrá que me comporte?
  • ¿Tenemos el anhelo de agradarlo con todos los detalles de nuestra vida?

 

Dios está deseando restaurar todas las cosas, pero sólo va a restaurar a aquellos que estén dispuestos a ser restaurados. El Señor no va forzar a nadie, pero si estamos dispuestos, Él lo va a hacer. El primer requisito para que Dios pueda restaurar algo en nosotros es la sencillez de corazón.

 

El ser humano siempre quiere lo prohibido. Cuando Adán y Eva estaban en el huerto de Edén, Dios les permitió comer de todo, excepto del árbol de conocimiento del bien y el mal, pero la mujer fue engañada y el hombre seducido. En ese momento, sus corazones fueron endurecidos. Cuando nuestro corazón se endurece por las circunstancias, por la influencia del enemigo o por la razón que sea, es muy difícil que Dios pueda trabajar porque un corazón endurecido no está receptivo para el Señor; no está sensible para apercibirse de lo que está ocurriendo y lo que Dios quiere hacer. Por eso cuando Dios llamó a Adán, después de este haber pecado, en vez de humillarse y pedir perdón, no reconocieron su error y trataron de buscar un culpable. En ese momento, en el huerto del Edén, comenzó la auto justificación y la evasión de la responsabilidad y buscar a alguien a quien señalar, y eso es dureza de corazón.

 

La primera manifestación de la dureza de corazón es no reconocer que el error es mío y asumir la responsabilidad. Las personas con un corazón endurecido aunque fluyan en dones espirituales siempre pensarán y creerán en su mente y en su propia opinión que fue la culpa del otro; fue culpa de los demás siempre, yo creo que soy inocente. Eso es cubrirse con apariencia de piedad y es religión. Ese endurecimiento de corazón que le ocurrió al primer hombre, se convirtió en una iniquidad, en una semilla de maldad o esencia de maldad que se fue transmitiendo de generación en generación. Por eso el Señor, a través del profeta Ezequiel, dice que Él nos dará un corazón de carne, que quitará el corazón de piedra y nos dará un corazón de carne y derramará de su Espíritu sobre nosotros. Se necesita un corazón sencillo para recibir al Espíritu Santo.

 

El Señor primero nos quita el corazón de piedra y cuando tenemos el corazón de carne, sensible para Él, podremos estar receptivos para cuando sea derramado el Espíritu Santo. Las personas con dureza de corazón resisten al Espíritu Santo. Ser sencillo de corazón tiene que ver con reconocer que necesitamos a Dios, tiene que ver con reconocer que hemos cometido errores, que tenemos la responsabilidad y reconocer que necesitamos pedir perdón.

 

 

 

 

 

El corazón duro da pie para que trabaje en nosotros y nos controle Leviatán. Leviatán tiene que ver con orgullo, tiene que ver con altivez. Leviatán a veces está tan entronado en nuestro corazón que por la incapacidad de humillarnos, por la incapacidad de pedir perdón o por la incapacidad de reconocer nuestros errores, podemos perder un trabajo. El corazón insensible hace que el orgullo tome control nuestras vidas y por eso puede haber falta de armonía en un hogar; entre padres e hijos, puede haber pleitos entre esposos y aún puede romperse un hogar porque ninguno de los dos se pudo humillar y pudo ser sensible para decir “Perdoname, fue mi culpa”.

 

Jesús siempre perdono, aún cuando estaba siendo clavado en la cruz; estaban hiriéndolo y Él estaba diciendo “Perdónalos”. En Él siempre estuvo la esencia del amor; siempre estuvo la esencia del perdón. Dios es amor y el que ha nacido de nuevo y tiene la naturaleza de Jesús, tendrá la capacidad de amar y tendrá la capacidad de perdonar, pero tendrá también la capacidad de reconocer sus errores y sus faltas. El enemigo siempre nubla nuestra vista para que no podamos ver nuestras iniquidades, pero que nos enfoquemos en los errores de los demás.

 

Necesitamos renunciar al derecho de sentirnos ofendidos. Todos tenemos el derecho de ofendernos, pero en Cristo tenemos que renunciar al derecho que tengo de ofenderme; porque ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros. Si nos ofendemos, aunque sea con razón y con causa, somos los únicos responsables; porque si hubiesemos madurado y tuviesemos un corazón de carne y no de piedra, no nos ofenderíamos. Nos ofendemos porque todavía hay un trabajo que hace falta que haga el Señor en nuestras vidas. Mientras el joyero está afinando limpiando la plata, no puede quitar su mirada de la plata; para que no se le pase el fuego y que no se vuelva líquida, sino que llegue al punto. Mientras el Señor está trabajando en nuestras vidas y está afinando la plata, es decir, purificando nuestra naturaleza para quitarle las impurezas y que el corazón vaya siendo transformado en lo que Él quiere que sea, tenemos que saber que Él nunca quitará su mirada de nosotros. Por fuerte que está el horno, por fuerte que está el crisol o por lo alta que esté la temperatura, tenemos que saber que el Señor tiene su mirada puesta en nosotros.

 

El Señor no va a permitir un dolor mayor que el que podamos soportar y Él no va permitir un peso mayor que el que podamos cargar. El Señor no se goza en ver como sufrimos durante el proceso, sino que se goza en ver la hermosa joya en la que nos vamos a transformar después de ser purificados. La voluntad de Dios es que nosotros temblamos delante de su Palabra; que tengamos un temor reverente delante de la Palabra. Nuestra actitud al ir a recibir Palabra del Señor, debe de ser la de un niño. Ir receptivos, como que si nunca hubiesemos escuchado eso; no fijarnos en quien está hablando, sino que estar atentos de qué Dios quiere hablar a nuestros corazones. El Señor le decía a los israelitas “Si oyes hoy Su voz no endurezcáis vuestro corazón”; porque la dureza de corazón tiene que ver con rebelión.

 

Nos revelamos contra las autoridades, contra Dios y contra Su Palabra, porque tenemos dureza de corazón. La dureza de corazón provoca rebelión y la rebelión es como el pecado de adivinación o de ocultismo y desagrada a Dios totalmente.

El Señor Jesucristo vino con un corazón sencillo, con un corazón blando y de carne; fue lleno del Espíritu Santo, conquistó todas las cosas y nos las dio a nosotros para que en esa naturaleza, ya no vivamos como Adán. Que ya no vivamos con un corazón de piedra, sino en la llenura y en la plenitud del Espíritu Santo; siendo sencillos para responder a su Palabra y siendo sencillos para acatar sus mandamientos. Para vivir sus leyes, siendo sencillos en nuestro corazón para no justificarnos y no excusarnos. Algunos usan la humanidad como justificación. “Es que somos humanos y por eso cometemos errores”. Eso no tiene que ser una justificación; todo lo que el Señor nos dice que hagamos es porque Él sabe que tenemos la capacidad de hacerlo. Jesús nos dice: “Ser pues Santos, como vuestro Padre que está en los cielos es Santo.” Todo lo que Él nos pide es porque ya nos dio su gracia para poder caminar en ello.

 

La Escritura de principio a fin nos habla de cuidar el corazón, porque de él mana la vida. Cuidar el corazón tiene que ver con caminar en sencillez, tiene que ver con no almacenar resentimiento, tiene que ver con ser pronto para perdonar; al instante, sin dejar pasar un tiempo. Hay cosas que no tenemos que esperar a que Dios nos hable porque ya las dijo; son un ordenanza. Cuando estamos pensando que tiene que pasar el tiempo para olvidar una ofensa, tenemos un problema y el problema se llama dureza de corazón. Cuando usted tiene corazón sencillo, no necesita que pase el tiempo porque las sencillez le permite perdonar inmediatamente.

 

Si ya no nos conmovemos ante la sencillez de la Palabra, ante los milagros del Señor o ante Sus operaciones, preguntémosle al Señor:

  • ¿Qué cosas hemos dejado que se vayan almacenando?
  • ¿Qué espinas se han convertido en troncones dentro del corazón que nos han hecho insensibles o nos han provocado un corazón de piedra?

 

Cuando el corazón se endurece, se tapan lo oidos espirituales, tenemos ceguera espiritual; porque no podemos oír Su voz en medio de las circunstacias, ni podes verlo. La decisión es nuestra. Los que tengan el corazón endurecido no van a ver el fluir del avivamiento poderoso del Señor, la revelación, la visión ni todo lo que Él quiere darnos. Tenemos que doblegarnos y pedir perdón, entonces vendrá una sensibilidad, tal que vamos a poder percibir al Espíritu Santo, vamos a poder percibir el fluir del Señor, los dones, la gracia y los frutos del Espíritu Santo. Cuando el músculo cardíaco se va endureciendo por causa de la grasa, por el colesterol y deja de fluir la sangre correctamente por todo el organismo, la sangre no llega a todos los miembros del cuerpo. Empiezan a adormecerse las extremidades, empiezan a ponerse moradas, empiezan a ver cosas anormales; pero el inicio fue que dejamos que se acumulara la grasa en la aorta, en la entrada de del corazón, dejamos que el corazón se pusiera rígido y que ya no pudiera palpitar cómo debería de palpita. De la misma manera sucede si no perdonamos, nuestro sistema deja de funcionar. Si no cuidamos nuestro corazón, no podremos ir en pos de Él.

 

 

Dra. Emma de Sosa

29 de enero del 2010

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