Nace el hombre desnudo, sin un haber a su favor, ni bienes que cuidar; crece y comienza a preocuparse por obtener artículos, cosas que atesorar y poseer. Sin darse cuenta, el hombre comienza a complicarse, preocupándose por cuidar sus posesiones. Se esclaviza la persona al oro de este mundo, el cual no puede comprar ni la paz, ni la felicidad, ni la vida misma.
Usualmente nos afanamos viendo nuestras necesidades materiales en lugar de apreciar lo que ya ha sido saciado o provisto. La demanda social es más fuerte cada vez e imprime presión sobre los individuos, para obtener y adquirir enseres que le otorgan status; de manera que ya la preocupación no es por necesidades que sufragar, sino por vanidades o añadiduras que ocasionan placer temporal y preocupación, stress permanente.
Hay quienes se dan el lujo de poseer tres salas en su casa, la de recibo, la de visitas especiales y la familiar, pero lamentablemente no tienen el tiempo ni la tranquilidad para disfrutar de sentarse por una hora siquiera, en alguna de ellas. Si acaso lo hicieran, es para meditar y calcular en posibles formas de inversión para sufragar tal o cual deuda o compromiso.
Se afana el hombre y nada puede llevarse a la eternidad, sino la Vida interior. Sufre en este mundo por causa del afán, y sufrirá después por la ausencia de paz y de Vida eterna.
Mi querido lector, si te has identificado con lo anterior, quiero decirte que para ti Hay Una Esperanza. Hay un sinnúmero de personas que están despertando hacia la búsqueda de los valores verdaderos, perdurables, que satisfacen y llenan a plenitud el interior del hombre; esta fuente de Vida interior y de plenitud, se llama Jesucristo. Solamente Él nos satisface plenamente.