Junio 16, 2015
Estoy más que segura que mis queridos lectores de la columna Hay Una Esperanza desean conocer el desenlace de la historia del pasaporte famoso. Pues les cuento que muy temprano del día miércoles, mi buen samaritano llevó el Acta de Matrimonio para entregarla en la ventanilla; aquí recibió un comprobante que eran unos garabatos escritos con bolígrafo de tinta roja, en un papel de unas dos por cuatro pulgadas; en el cual se podía distinguir la hora: 3:00 p.m., que era la hora en la cual yo debería recibir esa misma tarde mi nuevo pasaporte.
Me fui a la ciudad de San Pedro Sula para estar presente en la sección de pasaportes exactamente a esa hora, me apresuré hacia la puerta de ingreso, pero la persona que estaba en la entrada me dijo: No, espere en fila porque está atrasado el proceso, los de las tres estarán listos como a las cinco. Me preocupé porque las cinco es justamente la hora en la que cierran las oficinas. Mi esposo logró ingresar, sin papel ni nada, se condujo hasta la ventanilla donde estaban entregando los pasaportes, le explicó a la licenciada que atendía, que mi caso era realmente urgente pues yo debería estar en el aeropuerto al día siguiente en la madrugada; ella muy amablemente fue a revisar mi expediente; allí le hizo saber a mi esposo que hacía falta una información adicional.
Con esta información logré ingresar a la oficina, me dirigí a la ventanilla, donde la persona que atendía, me dijo con una cara de “yo no fui”: Se borró una información necesaria. Luego me preguntó el nombre de mis padres, diciéndome “como no es su culpa, se lo daremos hoy”. Pasé a hacer fila, hasta que faltando diez minutos para la hora en que cierran, me entregaron el nuevo pasaporte.
Así es que después de cuatro días de gestiones, esperas, calores, malas caras, paciencia y demás, el jueves pude estrenar mi documento de viaje para salir rumbo a Puerto Rico, donde impartiría conferencias como parte de una Escuela de Pensamiento.
Toda la estadía fue de gran bendición, pero hubo algo que llamó mi atención de manera especial, la amabilidad de las personas con quienes tuvimos que tratar. Yo viví por cinco años en ese país, hace más de treinta y cinco años, quizás por eso ahora lo podía apreciar mejor. En cada situación nos encontramos con personas dispuestas a resolvernos las situaciones por pequeñas o grandes que fueran. Pude apreciar una característica que ya había olvidado en ese pueblo especial y muy querido. Tanto en los restaurantes, como en el transporte o en lo que fuera, las personas siempre buscaron la manera de satisfacer nuestras solicitudes.
He estado meditando que esta virtud puede cambiar totalmente la impresión que las personas se llevan de un país. Definitivamente es una actitud cultural, aprendida de los padres y estos de los abuelos, pero que marca la diferencia.
Meditaba que si esa misma actitud estuviera presente en los empleados de gobierno que despachan en las oficinas donde tramitamos documentos, las cosas serían más fluidas y las esperas menos tediosas; pero sobre todo, tendríamos gratitud y el ambiente que generan las personas que esperan, sería más agradable y menos hostil.
Definitivamente debemos creer que para nosotros Hay Una Esperanza, sin embargo, la manera de que esto ocurra es comenzando nosotros a cambiar nuestra actitud, desarrollar esa disposición para servir, para ayudar y para resolver a los demás, en la medida que esté a nuestro alcance. Si nos llenamos de Dios, este comportamiento será natural en nosotros.